viernes, 16 de enero de 2009

CHICAGO

en la calle cullerton, hasta ahora el fenix no ha llegado, me imagino que el monton de cenizas era otra cosa.

En la calle ashland, me toca doblar a la derecha, doblar a la izquierda no da el mismo resultado, hay ojos invisibles que me ven con desagrado.

Paso la escuela privada catolica, con su gente poniendo su fe primero en george washington, despues en jesucristo, luego con el maestro drogado y al final en ellos...

Paso las oficinas de correo, y su respectiva clientela que va en busca del paquete especial con la maquina del tiempo, la carta que nunca llegara, y las disculpas monetarias.

En la calle 18, me toca doblar a la izquierda, si el semaforo no me detiene, golpeo levemente el poste con anuncios prometedores: compra el te que dios recomienda, se renta estudio para comenzar carrera bohemia o para vivir con dos salvadorenos, cuatro mexicanos, y un ecuatoriano, ven a la fiesta donde vamos a revivir al fenix, ven a la galeria fresca con su tema fresco.

En la calle 18, me toca doblar a la izquierda, si el semaforo me detiene, cruzo la calle y el otro semaforo me detiene.

Paso al barbero con sus modas nostalgicas de cuando todo era mejor, despellejando viboras y rasurando los cuellos tiesos, gordos, calientes y tensos.

Paso la panaderia donde venden conchas, borrachitos y cuchitos. Hechos con la mejor milk, sugar y flour from the u.s.

Entra el transfer en la ranura exacta de la maquina exacta, me da acceso al cielo estrellado y me hace esperar en sus plataformas omnipotentes, encima de los techos sucios, dominando con su estruendo la miseria de las casas sumisas.

Llega la linea rosa: el bufalo que intimida con con sus patas oxidadas y sus ruedas lisas. Abre y cierra sus puertas cinco veces antes de abortarnos entre los pilares del downtown.

El estrecho pasillo nos pone en competencia, pero rara es la vez que nos rosamos o topamos: lo silvestre se nos ha olvidado en la casa, junto a las llaves, junto a la billetera o junto a la botella de agua purificada.

En la calle state camino hacia el norte. El este o el oeste no importan, por que voy al margen. Paso por el asfalto gastado y castigado por miles de taxis en carrera, por millones de pisotones en prisa.
Paso las banquetas manchadas con orina, chicles y colillas de cigarros y las zonas pulidas por el trasero del vagabundo establecido y despercibido.

Cruzo wacker drive, los peatones siempre hacemos una pausa para dejar pasar el mercedez, el bentley, la ambulancia y los bomberos. Despues cruzamos el rio chicago, por un puente que de vez en cuando se eleva pero nunca ha llevado a nadie al cielo.
En la calle state, antes de llegar a la calle kinzie, me convierto en un engrane por ocho horas, convivo con ratas y palomas, como cosas fritas y bebo agua... esto termina a las once de la noche. Y todos lo pasado vuelve en reversa.

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